22 de abril de 2015

Santa Escolástica - Historia -



Festividad: Virgen (10 de febrero)

Santa Escolástica, hermana de San Benito, nació en el territorio de Nursia, del ducado de Espoleto en Umbría, de una de las casas más nobles de Italia. 

Así ella como su santo hermano fueron recibidos en el mundo como una especie de milagroso don, con que el cie­lo le regalaba; porque, habiendo vivido sus padres muchos años en matrimonio sin tener hijos, al fin con oraciones y limosnas alcanza­ron estos dos grandes modelos de la perfección religiosa.

Criaron a Escolástica con todo aquel desvelo que se podía esperar de una madre tan piadosa como la condesa de Nursia. 
Persuadida esta virtuosísima señora que las primeras impresiones de los niños influyen mucho en lo restante de su vida, se aplicó principalmente a inspirar desde luego en su tierna hija aquellas grandes dictámenes de religión, aquel gran menosprecio de todas las vanidades, aque­lla grande estimación de las máximas del Evangelio, en cuyo ejerci­cio halló únicamente todo su gusto y todas sus delicias.
Las santas inclinaciones de Escolástica, su devoción anticipada, su docilidad y su modestia hicieron conocer presto a su madre que el cielo se la había prestado no más que como depósito, y que ciertamente la tenía el Señor escogida para esposa suya.
Con efecto, declarándose desde luego enemiga de aquellos entre­tenimientos pueriles y de aquellas ligeras diversiones, que casi na­cen con los niños, no había para Escolástica otro entretenimiento de más gusto que hacer oración a Dios y oír con suma docilidad las prudentes y saludables instrucciones de su virtuosa madre.

Era tenida Escolástica por una de las damas más hermosas de su tiempo. 

Su calidad, y los ricos bienes que había hereda­do con el retiro de su hermano y con la muerte de sus padres, la hicieron ser pretendida de los mayores seño­res de toda Italia; pero mucho antes había renunciado a las lisonjeras espe­ranzas del mundo, consagrándose a Dios desde su infan­cia con voto de perpetua castidad.

No obstante de ser de un genio vi­vo, espirituoso y brillante, de un natural dulce y amigo de complacer, de un aire garboso, des­pejado, capaz de arrebatarse las admiraciones y los aplausos, toda su inclinación era al retiro. Para ella no tenían las galas particular atractivo, las miraba con indiferencia y aun con desprecio. 
Se la había imprimido altamente en el alma la im­portante lección que muchas veces repetía su buena madre, con­viene a saber: que los adornos postizos, por ricos y brillantes que fuesen, no eran capaces de dar un grado de mérito; que el mayor y más apreciable elogio de una doncella era el poderse decir de ella con verdad que era modesta y piadosa.
Nacida con tan bellas disposiciones para la virtud, criada con máximas tan cristianas, y nutrida en los más santos ejercicios de la caridad y de la devoción, hacía Escolástica maravillosos progresos en el camino del cielo, siendo en el mundo el ejemplo y admiración de las más santas doncellas, cuando se supo en la familia el partido que había abrazado San Benito, y las maravillas que ya se contaban de él en toda la universal Iglesia.

A nadie edificó más ni movió tanto la generosa resolución de su hermano como a nuestra piadosísima Escolástica, que, después de la muerte de sus padres, vivía aún con mayor recogimiento en el retiro de su casa. 
Considerando que la perfección evangélica que profesaba San Benito, igualmente se proponía a todos los cristianos; que no era ella menos interesada que él en trabajar eficazmente en el nego­cio importante de su eterna salvación, y en tomar todas las medidas para ser una gran santa, distribuyó sus bienes entre los pobres, y acompañada únicamente de una criada de su confianza, partió en secreto en busca de su hermano.
Había algunos años que San Benito, dejando el desierto de Subiaco, después de echar por tierra los ídolos y abolir el paganismo en el monte Casino, había fundado aquel célebre monasterio, que fue como la cuna monástica en el Occidente, y como el seminario de aquel prodigioso número de santos que pueblan el cielo, y son brillante inmortal honor de la militante Iglesia.
Teniendo noticia San Benito que ya estaba cerca su santa herma­na, salió de la celda; y temiendo que traspasase los límites que había señalado, fuera de los cuales no había permiso para entrar mujer alguna, de cualquier condición que fuese, se adelantó a recibirla, acompañado de algunos monjes, y habló con ella fuera de la clausura.
Fácil es de imaginar cual sería la primera conversación de aque­llas dos santas almas, prevenidas desde la cuna con las más dulces bendiciones del cielo, y abrasadas ambas con el fuego del divino amor. 
San Benito confió a su hermana parte de las gracias y de las maravillas con que Dios le había favorecido; y Escolástica le corres­pondió a San Benito declarándole los extraordinarios favores con que el Señor la había colmado.

Mientras los dos santos hermanos se estaban dulcemente entrete­niendo con las misericordias que habían recibido del Señor, es fama que se vieron coronados de una luz resplandeciente, y que se sintie­ron penetrados de una gracia interior que obró grandes cosas en sus almas, dándoles a conocer los intentos de la Divina Providencia, que destinaba a uno y a otra para que trabajasen sin intermisión en la salvación y en la perfección de las personas que determinaba confiar a su cuidado. 
Durante estas celestiales operaciones declaró Santa Escolástica a su hermano el ánimo que tenía de pasar lo restante de su vida en una soledad no distante de la suya, suplicándole quisiese ser su padre espiritual, y prescribirla las reglas que había de obser­var para el gobierno y aprovechamiento de su alma.
Consintió en ello San Benito, porque ya el cielo le había revelado la vocación de su hermana; y habiendo hecho fabricar una celda no lejos del monasterio para ella y para su criada, les dio, poco más o menos, las mismas reglas que había dispuesto para sus monjes.
La fama de la eminente santidad de esta nueva fundadora atrajo desde luego un gran número de doncellas que, entregándose a su gobierno y al de San Benito, se obligaron como ella a guardar la misma regla.
Se puede hacer juicio de la soledad, del fervor, y de la austera vida de esta ilustre colonia de esposas de Jesucristo por el prodigioso número de grandes santas que dio al cielo este admirable instituto, siendo Santa Escolástica y sus compañeras los primeros modelos que tuvieron en la tierra.
Ocupadas únicamente en el cuidado de agradar a Dios, olvidaron bien presto hasta la memoria de las criaturas. Su ordinario ejercicio de día y de noche era la oración; el silencio era perpetuo; el ayuno poco interrumpido; celda, muebles, comida y vestido, todo respiraba pobreza evangélica y penitencia.

Tal fue el nacimiento y el origen de aquella célebre Orden tan dichosamente extendida, que llegó a contar hasta catorce mil mo­nasterios de vírgenes propagadas por todo el Occidente; habiéndose visto con admiración tantas ilustres princesas venir a sepultar bajo la oscuridad de un velo los más brillantes esplendores del mundo; y viéndose cada día tantas nobilísimas doncellas, distinguidas por su elevado nacimiento y por el conjunto de sus singulares prendas que, a ejemplo de Santa Escolástica, prefieren la cruz de Jesucristo al aparente lustre y engañoso fausto mundano, y a los más halagüeños tentadores gustos de la vida.

Habiendo recibido Santa Escolástica la regla para vivir, que la dio su hermano San Benito, todo su pensamiento y toda su ocupa­ción en adelante fue dar todo el lleno a la alta idea de perfección a que era llamada. 

Aunque su vida hasta entonces había sido austera y penitente, dobló sus rigores; apenas interrumpía jamás el re­cogimiento interior, y su oración era continua. 

La tierna devoción que desde la cuna había profesado siempre a la Reina de las vírge­nes creció a lo sumo; hallando nuevo aliento en la dulce confianza de esta amabilísima Madre, se encendió con tanta vehemencia el fue­go del amor a Dios, que apenas podía contener los divinos ardores que la abrasaban.
Nunca hizo voto de clausura; y con todo eso, la guardó siempre con la mayor estrechez. Sólo se reservó el derecho de ir una vez al año a visitar a San Benito, así para darle cuenta de su comunidad y de lo particular de su alma, como para recibir sus órdenes y apro­vecharse de sus consejos. No quería permitir San Benito que llegase hasta su monasterio, y así salía él mismo a recibirla acompañado de algún monje a un sitio perteneciente al mismo monasterio, y no distante de él. 
Allí concurrían los dos santos como dos ciudadanos del cielo, forasteros en la tierra, entreteniéndose únicamente en las cosas divinas, y ayudándose recíprocamente a perfeccionarse en los caminos del Señor.
Noticiosa nuestra Santa, según todas las señas, del día de su muerte, vino a hacer su última visita anual a su santo hermano. 
Después de haber cantado los salmos y de haber conversado, como lo acostumbraban, sobre varias materias de piedad, se despidió San Benito para restituirse al monasterio; pero la Santa le rogó tuviese a bien detenerse hasta el día siguiente, para lograr el consuelo de hablar más despacio sobre la bienaventuranza de la vida eterna. 
Benito se lo negó resueltamente, y entonces, bajando un poco la ca­beza nuestra Escolástica y apoyándola sobre las manos, se recogió interiormente haciendo una breve oración. Apenas la acabó, cuando el aire, que estaba claro, sereno y despejado, se turbó de repente. 
Se formó una tempestad de relámpagos y truenos, acompañados de una lluvia tan copiosa, que no fue posible ni a Benito, ni a los mon­jes que le acompañaban, salir para volverse al monasterio. 
Se quejó el Santo amorosamente a su hermana; pero ella se justificó con que lo hacía el cielo en defensa de su razón y de su causa. 

San Gregorio, que refiere este suceso, representa una grande idea de la virtud y del mérito de Santa Escolástica, resolviendo que la victoria en aque­lla piadosa contestación se declaró por la que tenía un amor a Dios más perfecto y más fuerte.

Habiéndose restituido nuestra Santa el día siguiente por la maña­na al lugar de su retiro, murió con la muerte de los justos tres días después.

La muerte de Santa Escolástica y la Paloma

En el instante en que expiró se hallaba solo San Benito en su acostumbrada contemplación; y levantando los ojos, dice San Gre­gorio, vio el alma de su santa hermana volar al cielo en figura de una cándida paloma. Inundado de alegría a vista de la dicha que gozaba su amada Escolástica, dio parte a sus discípulos, y todos rindieron al Señor humildes y devotas gracias. 
Envió después algunos monjes, para que condujesen el santo cuerpo a Monte Casino; pero fue preciso conceder a sus hijas el justo consuelo de tributar las úl­timas horas a su buena madre por espacio de tres días, después de los cuales se trasladó aquel precioso tesoro a la iglesia del monaste­rio, y San Benito la hizo enterrar en la sepultura que tenía destina­da para sí. 
Murió Santa Escolástica, por los años del Señor de 543, cerca de los sesenta y tres de su edad.
Estuvo el cuerpo de la Santa en Monte Casino hasta la mitad del siglo VII, en que, habiendo arruinado los longobardos aquel famoso monasterio, fueron trasladadas a Mans las preciosas reliquias, donde son honradas con extraordinaria devoción. 

El año de 1562 se apode­raron los hugonotes (herejes calvinistas franceses) de la ciudad de Mans, mataron inhumanamente a los sacerdotes, pusieron fuego a las iglesias, profanaron los vasos sagrados, llevaron las arcas, cajas y relicarios preciosos donde esta­ban colocadas las reliquias, o depositados los cuerpos santos, después de sacar éstos y aquéllas, arrojándolas por el suelo; y cuando iban a ejecutar lo mismo con las de Santa Escolástica para quemarlas, se apoderó de ellos un terror pánico, que los obligó a huir precipitada­mente, sin descubrirse el motivo; lo que se atribuyó generalmente a su poderosa y singular protección, y no contribuyó poco a aumentar la devoción de los pueblos.

Fuente: Las historias de las vidas de los santos 

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