22 de noviembre de 2017

Aguamarina - Su Relacion Con los Angeles -

Color: Azul cielo o azul verdoso.

Apariencia: de traslucida a opaca.

Rareza: fácil de conseguir.

Origen: India, Pakistan. Brasil, México, Alganistan, Rusia, Estados Unidos.

Ángel: Arcángel Muriel.



La Aguamarina, la "gema del mar", deriva su nombre del agua del mar.
Cuenta la leyenda que es el tesoro de las sirenas y tiene el poder de mantener seguros a los marinos cuando navegan.
Tradicionalmente, también creían que la Aguamarina ofrecía protección contra los ardiles del diablo, y que soñar con la Aguamarina significaba que conocerías nuevos amigos.
Otorga libertad de las impresiones e influencias de otros.



Tiene una intensa afinidad las personas que están muy sintonizadas con las energías sutiles y actúa como piedra del coraje, filtrando las energías conflictivas y discordantes.
Facilita la comunicacion con el reino angélico.
Potencia las capacidades psiquicas, en particular la capacidad de sintonizar con imagenes del pasado y de otras dimensiones.



Calma y enfoca la mente, desarrollando el intelecto.
Aclara la percepción, lo que nos ayuda a identificar patrones subyacentes de conducta que podríamos tener que abandonar para avanzar en nuestra vida.



Calma y serena las emociones.
Suelta rápidamente los bloqueos energéticos y elimina la ira, la culpabilidad, el odio, el resentimiento y el miedo.
Alivia la pena y el dolor.



Alivia el dolor de garganta, la inflamacion de las glandulas y los problemas de tiroides.
Alivia la retención de fluidos y la hinchazon, y tiene efectos benéficos en los riñones, la vejiga, los ojos y el sistema inmunitario.
Alivia los ataques de pánico, el mareo y las fobias.
Ayuda a curar la fiebre del heno y las reacciones alergicas.



Calmante.



Todos los chakras. Llevala puesta como pendiente o anillos, engarzada en plata u oro.
Con ella se hace una excelente esencia de gema que ayuda a seguir el flujo.





Fuentes
Gaia Ediciones
Siguiente

San Judas Tadeo


Historia

Judas Tadeo nació en Caná de Galilea, era agricultor. Es hermano del Apóstol Santiago el Menor. Tenía otros dos hermanos a quienes llama el Evangelio “hermanos” de Jesús. Cuando nuestro Señor regresó de Judea a Nazaret, comenzó a enseñar en la sinagoga. Las gentes que le oían estaban asombrados y decían: ¿de dónde ha llegado tanta sabiduría y ese poder de hacer milagros? ¿No son sus hermanos Santiago, José, simón y Judas?” (Mt 13,54).
            En hebreo no existe la palabra “primos”, por lo que comúnmente se emplea la palabra “hermanos” en sustitución. El padre de Judas era Cleófas. El nombre de su madre era María, que era pariente próxima de la Santísima Virgen María. Ella también permaneció junto a la cruz cuando murió Cristo. “Junto a la cruz de Jesús estaba su madre, María, María esposa de Cleófas y María Magdalena” (Jn. 19,25) Durante su adolescencia y juventud, Judas sería compañero de Jesús. Cuando Jesús comenzó su vida pública, Judas dejo todo por seguirlo. Como apóstol, trabajo con gran celo por la conversión de los paganos. Fue misionero por toda la Mesopotamia durante diez años. Regresó a Jerusalén para el concilio de los Apóstoles.
            Después se unió a Simón en Libia, donde los dos Apóstoles predicaron el Evangelio a los habitantes de aquel país.
            Refiere la tradición que Judas y simón sufrieron martirio en Suanis, ciudad de Persia, donde habían trabajado como misioneros. A Judas le dieron muerte con una cachiporra. Por eso, se le representa con una porra en su brazo. Luego, le cortaron la cabeza, con un hacha. Trasladaron su cuerpo a Roma y sus restos se veneran ahora en la Basílica de San Pedro.
            San Judas es conocido principalmente como autor de la carta de su nombre en el Nuevo Testamento. Carta probablemente  escrita antes de la caída de Jerusalén, por los años 62 al 65. En ella, Judas denuncia las herejías de aquellos primeros tiempos y pone en guardia a los cristianos contra la seducción de las falsas doctrinas. Habla del juicio que amenaza a los herejes por su mala vida y condena los criterios mundanos, la lujuria y a quienes por interés adulan a la gente. Anima a los cristianos a permanecer firmes en la fe y les anuncia que surgirán falsos maestros, que se burlarán de la Religión, a quienes Dios en cambio les tiene reservada la condenación.
            A la soberbia de los malos contrapone la humilde lealtad del Arcángel San Miguel. Anima a los cristianos a levantar un edificio espiritual llevando una vida fundada en la fe, amor de Dios, esperanza y oración. Alienta la práctica del amor al prójimo; exhorta a los cristianos a que sean pacientes y con sus vidas virtuosas conviertan a los herejes.
            Judas concluye su carta con una oración de alabanza a dios por la Encarnación, pues por ella Jesucristo, Palabra eterna de Dios, tomó sobre sí nuestra naturaleza humana para redimirnos.
            Su carta termina con estas palabras “Sea gloria eterna a nuestro Señor Jesucristo, que es capaz de conservarnos libes de pecados, y sin mancha en el alma y con gran alegría”.
            San Judas Tadeo es uno de los Santos más venerados en diversas partes del mundo gracias a los numerosos favores que Dios concede por su intercesión, muchas veces en situaciones difíciles y desesperadas. Cuando nuestra fe se ve a prueba y flaquean nuestras fuerzas, San Judas Tadeo nos hace sentir compañía y ayuda para salir adelante.
            Estamos agradecidos con Dios por que se ha portado grande con nosotros concediéndonos la vida, ejemplo e intercesión de San Judas Tadeo; pero hoy nos toca ser más fructífera su vida y martirio asimilando y compartiendo el mensaje de la buena noticia para la que llegó a dar su vida este Santo de la Iglesia primitiva, poniéndonos a sí en un camino de santidad personal y comunitaria.
            La fiesta de los Santos Simón y Judas se celebra el 28 de Octubre.

 Simbolos de San Judas

Medallon: El medallón en su mano o sobre el pecho tiene el retrato de Cristo; lo cual nos dice que tenía un gran parecido con El no solo en lo físico sino también en lo espiritual.
La Cruz, Hacha y Garrote: Son algunos de los instrumentos de su martirio y muerte
El Baculo: Simboliza que fue obispo, es decir pastor, ilustre peregrino que proclamó el Evangelio.
La Llama Sobre Su Cabeza: simboliza que el día de pentecostés recibió el Espíritu Santo.



Fuentes Consultadas
Pagina Oficial de
San Judas Tadeo
Siguiente

San Norberto - Santos



He aquí unos pies anchos, seguros, infatigables, que caminan bajo la ternura de la primavera, por las orillas del Rhin, esponjados gozosamente sobre la caricia de los praderíos, que los unge de un perfume de hierbabuena. Yo he visto estos pies, en el verano, polvorientos y morenos de sol, sudorosos. por la enorme fatiga, recogerse al descanso, a la sombra de la catedral de Colonia, y, al quedar reverentes, de rodillas, todos los santos, los ángeles y los grifos, que cantan un misterio de fe sobre la gloria del pórtico, han sonreído beatamente, en la frialdad de la piedra sagrada y maravillosa. Y los vi sobre los montes de Spira, en lucha amarga con las tormentas de invierno, ir dejando en la nieve un camino de sangre. Pero su vida y su gloria —la de estos pies extraordinarios— resplandece en caminar sin vacilaciones, sin pausas. ¿Qué buscan con tan ardorosa impaciencia estos pies? ¡Las almas!

Los pies pueden definir la existencia de un hombre. En los libros Sapienciales hay toda una impresionante teología de los pies, como mandatarios de nuestro libre albedrío, cuando siguen los huellas del Señor y cuando caminan por las tinieblas del pecado, a la condenación eterna. Y, en el Evangelio, una ordenanza, sin apelaciones, de Jesucristo: "Si tu pie te escandaliza, córtalo y arrójalo lejos de ti; porque más te vale entrar cojo en el cielo que con los dos pies perderte en la gehena".

Pero estos pies —para siempre, ahora, descalzos, mendicantes apostólicos— calzaron en su juventud finos escarpines de pieles, labradas en oro y pedrería. Eran esbeltos y ágiles para la danza en las fiestas de corte del emperador Enrique; cauteloso para tantear los laberintos sutiles de la política; raudos en la ambición de prebendas y honores.

Son los pies de Norberto. Noble en las marcas de la Germania, arzobispo de Magdeburgo, fundador de los canónigos regulares premonstratenses, santo en el cielo de Dios. Y, según la historia que os voy a referir, estos pies, como dos columnas inconmovibles de la Santa Iglesia de Cristo, en la edad turbada del siglo XI, donde hay antipapas, confusión de la fe con las herejías, mientras atardece en un crepúsculo deslucido de sombras toda la grandeza del Sacro Imperio.

Había nacido el año 1080, en la pequeña ciudad de Santes, del Estado de Cléves, en las márgenes alemanas del Rhin, que tiene castillos de leyenda, viñedos dorados por un embrujo de sol, para que destilen sus vinos, como la sangre encendida. La Crónica laudatoria del XVII atribuye a su padre Heriberto ascendencia de césares. Era realmente noble y emparentado con el emperador. Su madre Haduvije “traía origen de la Serenísima Casa de Lorena, raíz fecunda de donde han descollado, en todas las edades, muy cristianos héroes". Pues nada sorprende que, con semejantes ejecutorias en su cuna, tuviera Norberto entre sus manos la estrella de los elegidos y la fortuna asomada a sus ojos anhelantes y limpios. Sería un puro intelectual de la época, libre de toda servidumbre a las armas y a las artesanías.

En las escuelas monásticas y episcopales se refugiaba entonces todo el humano saber. Turbas de copistas, en la calma serena y oracional de los scriptorios, ponían a punto las humanidades clásicas, junto a las últimas novedades de Anselmo de Bec, de Escoto Erigena, de Rábano Mauro. El Trivium, con el estudio de la gramática y de la dialéctica, con la pompa de los retóricos, interpretaba la historia y la poesía, mientras la austeridad del Quadrivium, apretado de números secretos, de astrologías y geometrías, se humanizaba también admitiendo los simples pentagramas de Guido de Arezzo, para reducir a un lúcido orden las melodías de la música. En la inquietud de estas escuelas se preludiaba ya el advenimiento feliz de la escolástica, que casaría valientemente las verdades de la fe con la filosofía de Aristóteles. Y un gran viento de mística espiritualidad agitaba a toda la Europa, empujando a las gentes al heroísmo de las Cruzadas, a la quieta y dolorosa contemplación de Dios en la penitencia y silencio de los claustros.

Norberto ha vivido estos mundos alucinantes de la sabiduría. Tiene una inteligencia despejada y aguda; imaginación dulce para los madrigales, una palabra vital, que hace impacto de llagas en quien le oye.

Sigue las disciplinas eclesiásticas porque le prima en la sangre el ejemplo de su tío, Federico de Carinthia, arzobispo de Colonia. Y asciende al subdiaconado, pero sin intenciones de consagrarse al Señor, en la plenitud de entrega del sacerdocio. Su tonsura le traerá un estado de vida magnificada por los honores y por las prebendas. Su propio tío le confiere una capellanía en la imperial iglesia de Santes, donde se muere de tedio y de nostalgias bajo el meridiano del demonio, dando a sus pasiones placer y a su ambición conquistas. Un canonicato en la catedral de Colonia le introduce triunfalmente en la vida cortesana. El emperador le hace su limosnero. Y ya está Norberto sobre los lujosos escenarios de la intriga palatina, para decir su papel, en alegres justas de amor, que han de terminar en drama. De cuerpo bien plantado y hermoso, maestro de humanidades, de cetrerías y poesías, insinuante y bien compuesto el ademán, la palabra caliente..., y una turba de damas, como gacelas, que ansían el venablo del cazador.

Hay para Norberto, en este tiempo de vanidades, un viaje imperial a Roma, porque Enrique desea zanjar con el papa Pascual Il el escándalo de las investiduras que trae envilecida a la cristiandad, Han precedido unas conversaciones en Sutri, donde ambas partes llegaron a un esquema de convenio. Sólo falta la solemnidad de la firma, en la gran ceremonia que se celebra en San Pedro, con pausada pompa papal. Pero entonces, lejos de suscribir el emperador las estipulaciones de Sutri, "con la mayor alevosía que se lee en las historias —según papeles del tiempo—, hace una seña en alemán a sus tropas, que se echan sobre el Pontífice y los cardenales, les despojan de sus saeras vestiduras y los reducen a prisión". Fuera, los regocijos de Roma por la visita de tan insigne viajero naufragan en sangre inocente, en tropelías de la soldadesca, en incendios de destrucción. El alma exquisita de Norberto se turba y reprueba la conducta indigna de su amo: corre a la cárcel del Pontífice para reverenciarle y llorar con él tan grandes desventuras, y, ya de regreso en Alemania, no quiere admitir el obispado de Cambray, con el que desea investirle el emperador. Es el principio de su salud.

La Crónica jesuita de Anvers desliza otra interpretación a esta renuncia obispal, como si el joven subdiácono amase más su vida desarreglada que el servicio divino, y pone la misma intención mundana a un cierto recreo que Norberto se toma, un día luminoso de abril, jinete de elegante caballo, cuando se dirige con su paje a un conventillo de Freten de Westfalia. ¿Le llevaba el impulso ciego del amor? Pero allí sería su camino de Damasco. Iba así nuestro caminante, huyendo de la luz hacia las oscuras regiones de tan ruines pensamientos, "cuando vino sobre la espalda de este fugitivo de Dios una palabra poderosa, que derriba en tierra al caballo y al caballero." Claro que esto es la pintura un poco barroca del Cronicón. Porque la realidad fue que, en aquella calma radiante de primavera —todo el cielo perfumado de lirios y de rosas—, se cerró en una colosal tormenta. Nubes cárdenas restallando truenos, los árboles de la selva bamboleantes, las golondrinas atolondradas sin poderse recoger a seguro, y Norberto acurrucado en los temblores de su miedo, aterido entre el furor de las lluvias. Un rayo cae a los pies de su cabalgadura y sepulta a Norberto, con su paje, entre el lodo y las hierbas ardientes, como en un infierno.

Se repite la historia de Saulo. Norberto encuentra su Ananías en el santo abad del cenobio de Ligeberg, en cuyas soledades se convierte a la contrición de sus pecados, a la penitencia. Entonces decide ascender hasta el sacerdocio. Su primera misa en la iglesia natal de Santes se configura, como una perfecta crucifixión, con el Cristo vivo de su Sacrificio. Es escarnecido por clérigos y por labradores, que le recuerdan los regalos carnales de su vida mundana; pero el sermón primero que les dirige impresiona hasta las lágrimas a todos sus paisanos, porque les confiesa con extrema humildad los escándalos de su vida y les invita a seguir a Jesucristo, en la vida nueva que él va a emprender.

Y sus pies inician la gran epopeya. Reparte entre los pobres sus tesoros; renuncia a los cargos eclesiásticos y se hace sembrador del Evangelio por todas las marcas del Rhin, con milagros, carismas y don de lenguas, como los mismos apóstoles, que recibieron en Pentecostés al Santo Espíritu. Andar y andar, a la sola conquista de las almas. Los auditorios que abarrotan los templos vienen de largas distancias para oírle: pastores, letrados, clérigos, y todos quedan embebidos en los ardores de su caridad. Acusado falazmente por su propio Cabildo de Colonia al concilio de Hesse, en 1118, alcanza del Papa una legación para predicar en todo el orbe. Llega a Valenciennes con la salud rota, agotado de una misteriosa fiebre, y, sabiendo que allí se encuentra su buen amigo Burcardo, obispo de Cambray, le visita. Asiste a la conversación el capellán de su excelencia, Hugo, que, desde tiempo, había tomado el propósito de renunciar al mundo. Y, oyéndole, le suplica que le tome de compañero para aquel apostolado de evangelización rural. Y así la Providencia une estos dos corazones en un mismo destino: la fundación de una Orden que remedie las necesidades de la Iglesia.

En 1119, muerto el papa Gelasio, le sucede el arzobispo de Viena, Calixto II, quien convoca un concilio en Reims para la reforma de las costumbres y el arreglo de la cuestión de las investiduras. Asisten cuatrocientos obispos, el rey de Francia y nuestros dos apóstoles, Norberto y Hugo. En el curso de las sesiones conocen al obispo de Laón, don Bartolomé, quien, movido del Espíritu, ofrece edificar un monasterio allí donde lo determine Norberto. Y así nace el Premontré. En la selva de Coucy, pantanosa, sombría, dantesca, circundada de montes pelados y rocosos, hay un prado —Pratum monstratum— donde Norberto presiente que debe nacer su obra. Y en la Navidad de 1121, sobre las ruinas de una pobre ermita, se alza el primer monasterio de la Orden Premonstratense. El drama de su propia vida —la traición que hizo al estado eclesiástico con su vida desarreglada— va a encontrar aquí un muy original y divino remedio. Bajo la regla de San Agustín no busca Norberto a los monjes, sino a los clérigos: en una vida común, tan rigurosa como la de los cenobios, sus canónigos regulares aseguran en el estudio, en la penitencia y en el silencio ese potencial de vida interior que es la clave de todo apostolado: no permanecerán en clausura, ni adscritos de por vida a un monasterio, como los monjes, sino que deben andar y andar a la conquista de los pecadores, derramando el cáliz de su corazón, que está lleno de Cristo, sobre las almas abandonadas e ignorantes. Y así van por las ciudades y las campiñas, con su hábito de lana blanca, como ángeles de la buena noticia, adoradores del sacramento y heraldos de Santa María.

El suceso del Premontré conmueve a toda Europa. Las grandes Ordenes monásticas que obedecen a Cluny han entrado en una crisis de decadencia; las riquezas territoriales y el amplio poder de jurisdicción han corrompido al Cister; la soberbia de su gran abad Pons de Melgueil siembra de rivalidades la paz de los monjes, hasta conducirles a la excomunión y a la apostasía. Por eso Francia, Alemania, Bélgica acogen a los premonstratenses como la medicina celeste que Dios les envía. En los cuatro primeros años Norberto preside ya nueve monasterios y atiende a la formación de sus canónigos, a quienes empuja y calienta el ejemplo santo de su vida.

En este nacimiento afortunado de la Orden hay un signo que la consagra definitivamente: el encuentro de su fundador con la herejía maniquea. Importada de Asia a Europa en el siglo III, reaparece con nuevos bríos en Amberes y Brujas, en el Delfinado, Provenza y Languedoc. Un cierto Tanchelim, fingiéndose obispo, nada menos que de consagración papal, embauca a turbas de mujeres con sus palabras histéricas. Cuando aparece en los campos o en las plazas públicas —él odia los templos a quienes llama guaridas del diablo—, centellea, como un ídolo, cubierto de púrpura y de oro. Es risible, pero dramático. Porque se hace acompañar de un verdadero ejército de tres mil hombres, que, en su fanatismo, siembran de libertinaje y de muerte las dulces tierras de Flandes. Muere a manos de un clérigo. Pero su muerte aumenta el número de los seguidores, encolerizados y rebeldes. Y es Norberto, con sus canónigos, llamados por el obispo de Cambray, quienes combaten el error y devuelven la paz y el orden a las gentes.

Semejante suceso le hace concebir una idea genial y salvadora. Su Orden tendrá otra rama, completamente secular, donde hombres y mujeres, que viven en el mundo. observan una vida cristiana, a la sombra de sus abadías, lucrándose de las instrucciones, del ejemplo, de la oración. y de la compañía de sus canónigos. Son, ya entrevistas, las Ordenes Terceras, que los mendicantes Asís y Domingo han de fundar, después, corno pilares ciclópeos de la grandeza espiritual de la Alta Edad Media.

Y ahora la apoteosis de sus pies descalzos. Peregrinantes, celosos de la gloria de Dios. Por el 1126 se reunía en Spira lo más selecto de Europa; del sacerdocio y del Imperio. La entrada triunfal del emperador Lotario aterra a los vencidos, que buscan el valimiento del obispo de Maguncia para que la victoria no les tiña de sangre ni les humille con cadenas. Y corre, de pronto, la voz de que Norberto se encuentra en la ciudad. Le conocen bien: le saben piadoso y justiciero; y le suplican que, en aquella hora de amargura, les consuele su palabra, ungida de tantos carismas. Lotario asiste al sermón y queda transido del amor de caridad en que se abrasa el apóstol. Y sin saber cómo —¡el Santo Espíritu sopla donde quiere y como quiere!— arrebatado el auditorio se echa sobre Norberto, clamando, "¡Norberto, arzobispo de Magdeburgo!". Queda anonadado y se resiste, con violencias, por su auténtica humildad. Pero aquel fervor de multitud mueve a Lotario a confirmar la elección de Norberto y después al Papa. A los pocos días hace su entrada en la catedral. Va, como siempre, descalzo, con su pobre túnica blanca, para recibir el homenaje de los obispos, de los nobles, de los cabildos y del pueblo. Cuando la solemnidad termina y se dirige a su palacio, el guardián le niega la entrada al verle tan pobre y descalzo: “Llegas tarde —le dice—, porque ya se dio la comida a los necesitados". Y cuando le avisan que aquel es su señor, el nuevo arzobispo, se arrodilla confuso para besarle los pies. Y así queda, para la historia, la apoteosis de unos pies anchos, seguros, inconmovibles, que sólo se movieron para la honra de Dios y la caridad del prójimo.

Durante los ocho años de su pastoreo arzobispal Norberto culmina, en sus obras, el ejemplo de San Pablo. Pone a su discípulo Hugo como gran abad de toda la Orden, que se extiende por ciento veinte monasterios. Predica y escribe. Es perseguido como el apóstol, salvando por dos veces la vida de manos criminales. Viaja con el emperador a Roma y consigue deponer al antipapa Pedro de León. Asiste al concilio de Reims, donde su sabiduría brilla con los mismos resplandores de su santidad y de su celo.

El 6 de junio de 1134, dentro de la octava de Pentecostés, este siervo humilde, a quien San Bernardo llamaba "Maestro", apóstol fidelísimo del Espíritu Santo, agotado de la fiebre, en suaves transportes de divino amor, se fue para el cielo a festejar los gozos de su Pascua. Os dejaré una divisa para que la maduréis dentro del alma. La que sin cesar repetía a sus discípulos: "Yo he frecuentado las cortes de los príncipes y abundé en riquezas. No perdoné a los deleites. Pero tened por cierto, hermanos míos, que la mayor abundancia de bienes de este mundo reside en la pobreza del espíritu. Sólo fui rico cuando de ellos carecí. Porque lo mismo fue arrojar de mi corazón los bienes de la tierra que llenarse de los de la gloria, mucho mejores sin comparación, de suavidad inefable y de una duración eterna".




Siguiente

San Roberto Bellarmino - Santo



Su Vida

Roberto Belarmino fue uno de los doce hijos (cinco hijos y siete hijas) de Vicente Belarmino, primer magistrado, gonfaloniero, como entonces se decía, de la pequeña ciudad de Montepulciano, y de Cintia Cervin, hermana del Cardenal Cervir, quien presidió el Concilio de Trento en l555 y llegaría a ser el Papa Marcelo ll con un reinado efímero de tres semanas.

Fue un niño débil, enfermizo, pero de una inteligencia excepcionalmente viva, con una marcada inclinación a la poesía. Mientras recibía de su madre una sólida formación cristiana, el joven estaba destinado por su padre al estudio de medicina. A pesar de la oposición paterna, a los l8 años Roberto pidió su admisión en la Compañía de Jesús. Al término de su noviciado se le envió al Colegio Romano para el estudio de la filosofía.

Profesor de letras, primero en Florencia, luego en Mondovi (l563-l567), ejercitó sus talentos de poeta, pero era ya un predicador notable. Después de dos años de teología en Padua, causó impresión sobre todo como sustentante de uan tesis ante la Universidad de Génova.

Enviado a Lovaina por mandato del superior General de la Compañia, a la sazón San Francisco de Borja, tanto para terminar sus estudios como para iniciarse en la enseñanza, Belarmino se vio además con el cargo de las predicaciones dominicales a los estudiantes. Tanto en el templo como en la facultad de gente se apiiñaba alrededor del joven maestro de 28 años, y entre ella algunos protestantes, prontos a la cítica y a la discusión: circunstancia providencial que desde esta época orientó la enseñanza de Roberto Belarmino hacia la controversia.

Ordenado sacerdote en l570 y profesor de Teología en el colegio de los Jesuitas, Belarmino adoptó como texto la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino. Luego, ávido de leer y de hacer leer las Sagradas Escrituras en su texto original,aprendió y enseño el griego y el hebreo. Aun compuso una gramática hebrea y colaboró en la edición del Antiguo Testamento conforme a los Setenta. En fin, en una vasta obra sobre los “escritores eclesiásticos” dio un informe acerca de todos los autores de los dos testamentos y sus comentadores, desde Moisés hasta sus propios contemporáneos.

Es entonces cuando Belarmino se enfrentó con un heresiarca célebre, Bayo, el cual, aunque condenado recientemente por el Papa Pío V,no dejaba de ejercer su influencia perniciosa en Lovaina y en Flandes. Discreto y cortés, el santo religioso evitaba pronunciar el nombre de su adversario; pero cuidadoso ante todo de salvaguardar la verdad y de preservar a las almas, no perdía una sola ocación de señalar y de refutar sus errores.

Las perturbaciones resultantes de la invasión de Flandes por Guillermo el Taciturno, y a la vez su salud siempre precaria, obligaron al brillante profesor y predicador a dejar el país. Por otra parte, París le ofrecía las más importantes cátedras; en Milán lo pedía San Carlos Borromeo para su Catedral. Finalmente, Belarmino fue escogido para inaugurar en Roma una cátedra de controversia (l576). Tenía por misión preparar a los futuros testigos de la Fe católica en los países invadidos por la Reforma: alemanes, ingleses, etc.

Su erudición, la claridad de sus exposiciones, la naturalidad y la dignidad de su polémica, su cinvicción comunicativa (¿no llegó aun a ofrecerse él mismo para ir a combatir al protestantismo con la perspectiva del martirio?) le ganaron de golpe todas las simpatías. Su curso se pubicó con el título de “Discusiones a propósito de las controversias entre la Fe católica y las herejías de este tiempo”, que sigue siendo la principal obra de San Roberto Belarmino. Al mismo tiempo daba su concurso al Papa y a los cardenales para la publicación de las obras de San Ambrosio, la composición del ritual de Gregorio Xlll y la revisión del texto de la Vulgata.

Estos trabajos se interrumpieron en l590, cuendo por orden del Papa Sixto V tuvo que acompañar el sabio jesuita, en calidad de teólogo, al Cardenal Gaetano, legado en Francia, para arbitrar el conflicto entre la Liga y Enrique de Navarra. ¡Con cuánta sabiduría, con qué ponderación cumplió su papel! Consultado un día sobre el asunto puramente político, supo excusarse finamente: “Monseñor, yo no fui enviado a Francia sino para examinar las cuestiones relativas al mantenimiento de la religión y a sus progresos; por lo tanto no creo poder ocuparme, den desobedecer, de las que no atañen sino a los intereses temporales”. Y a la delicada cuestión de saber si los parisinos incurrirían en excomunión en el caso de que se sometieran a Enrique Navarra, Belarmino respondió decididamente: “No”. Se dice que Enrique lV se lo agradeció siempre y que una vez convertido en el “Rey Cristianísmo” se hizo amigo del jesuita cardenal.

Una ruda prueba esperaba a Belarmino a su retorno a Roma. Su gran obra “Discusiones sobre las controversias”. . . estaba a punto de ser puesta en el Indice. El Papa Sixto V estimaba que un pasaje de este libro restringía demasiado la jurisdicción temporal del Pontífice romano por no reconocerle la soberanía directa del mundo entero. Sin embargo, parece que Cristo quiso evidenciar la ortodoxia de su servidor: Sixto V murió antes de poder promulgar la bula que ya tenía redactada, y su sucesor, Gregorio XlV, no la tomó en cuenta.

De nuevo en su cargo de padre espiritual en el Colegio Romano, Belarmino fue entonces el director de San Luis Gonzaga, a quien asistió a la hora de su muerte y a cuyo favor rindió su testimonio ante la Sagrada Congregación de Ritos para promover la causa de beatificación.

Nombrado rector de ese mismo Colegio Romano, y luego Provincial de la Compañia en Nápoles, el P. Belarmino fue llamado muy pronto a Roma (l598) por el Papa Clemente Vlll, quien lo ligó a su persona en calidad de teólogo, con la funciones de consultor del Santo Oficio y examinador de Obispos.

Al año siguiente lo creó cardenal: “A éste ----dijo el soberano Pontífice en el Consistorio---- lo hemos escogido porque la Iglesia de Dios no tiene otro semejante a él en cuanto a la doctrina y porque él es además el sobrino de un excelente y santo Pontífice”. Y el nuevo príncipe de la Iglesia tuvo que acumular los cargos: miembro del Santo Oficio, de la Congregación de Ritos, de la Congregación del indice, de la Congregación para la reforma del Brevario y de la instituida para el examen del matrimonio del Rey Enrique lV.

Sin cambiar un ápendice en sus hábitos de vida austera, prohibiéndose sacar de su alta dignidad el menor provecho para sí mismo o para los suyos, el Cardenal Belarmino no temió, a riesgo a veces de desagradar, señalar los abusos y pedir reformas en el estado eclesiástico y en el gobierno de la Iglesia. Su franqueza le valió una semidesgracia. Impedido en sus proyectos personales por las advertencias del inflexible consejero, Clemente Vlll tuvo la habilidad de alejarlo sin desacreditarlo: lo nombró Arzobispo de Capua, confiriéndole personalmente la aconsagración Episcopal (l602).

Después de la teoría, el ejemplo. El nuevo Arzobispo, lógico y consciente de su responsabilidad, no dejó de aplicar los principios que él mismo había enunciado, en conformidad a los derechos con los decretos del Concilio de Trento, con relación a los deberes del cargo pastoral. El Cabildo metropolitano de Capua estaba relajado: “Entonces ----escribe un contemporáneo---- se vio al Arzobispo, en todo tiempo, ir cada mañana a la Catedral para celebrar allí el Oficio con los canónigos. Con mis propios ojos lo veía yo, para mi edificación, abril su Brevario y salmodiar” (Cipriano, teatino). Otro encarece: “El Arzobispo iba al coro todos los días, a fin de formar al Cabildo con dulzura, lo cual no dejaba de ser necesario. Su solo ejemplo bastó, no tuvo que aplicar el rigor” (Guidotti). Cosa más admirable todavía: teniendo por objeto principal la asiduidad al coro el darles una lección a los canónigos negligentes, el Santo no la consideraba como una liberación de su obligación personal: una vez más recitaba él en particular todas las horas canónicas, y en cuanto le era posible, en los momentos de la jornada para los que están prescritas, sin detrimento de una hora de oración mental antes de Prima y de la Misa cotidiana.

El Cardenal Belarmino no llegó a ser Papa: en los dos cónclaves tan cercanos de l605, estaba él en la fila de los “papables”. ¡Qué Papa habría sido! Hay una declaración muy elocuente sobre su mentalidad en este terreno: “Juro, para el caso en que fuera electo Soberano Pontífice (cosa que no deseo y que le pido a Dios aparte de mí) no elevar a ninguno de mis parientes ni de mis allegados al cardenalato, ni a ningún principado temporal, ducado o condado, o alguna otra nobleza. Tampoco los enriquecería; me contentaría con ayudarles a vivir decentemente en su estado”.

Paulo V quiso cuando menos retenerlo en Roma, como conservador de la Biblioteca del Vaticano, y aceptó su renuncia de Arzobispo de Capua, por ser incompatibles esos dos cargos.

Mezclado desde ese momento en todos los asuntos religiosos y en todas las relaciones de la Iglesia con los diversos Estados, el Cardenal Belarmino desempeño un papel activo en el conflicto entre la Santa Sede y la República de Venecia a propósito de la exención de los clérigos y de la inmunidad eclesiástica; luego, en el asunto más grave de Inglaterra ----cuando el Rey Jacobo l pretendía imponer a los católicos el juramento de fidelidad que le reconocía al soberano, como instituido de derecho divino, una autoridad ilimitada en el doble dominio espiritual y temporal, y por lo contrario le negaba al Papa todo poder de amonestar y de deponer a los príncipes, así como de desligar a sus súbditos del juramento de fidelidad; en fin, en Francia, donde la publicación póstuma del libro de Guillermo Barclay “sobre el poder del Papa y su autoridad respecto de los príncipes seculares”, había provocado una gran efervescencia en la Corte y en el Parlamento.

Miembro del Santo Oficio, el Cardenal Belarmino siguió de cerca uno de los asuntos más espinosos de la época: el proceso de galileo. Contra los fanáticos del sentido literal, el sabio Doctor preconizaba la prudencia en la interpretación de los textos relativos al concepto del sistema de Copéenico, era igualmente hostil a una condenación prematura de esta hipótesis científica: “. . . Esto sería ----decía él---- correr el gran riesgo no sólo de irritar a los filósofos y a los teólogos escolásticos, sino de daño a nuestra Santa Fe acusando de error a la Escritura. . . Si estuviese verdaderamente demostrado que el sol está en el centro del mundo, y la tierra en el tercer cielo; que el sol no gira alrededor de la tierra, sino que es la tierra la que gira alrededor del sol, habría que poner mucho miramiento con los pasajes de la Sagrada Escrituraque parecen contrarios, y decir que no los comprendemos, en lugar de declarar falso lo que se nos demuestre. . . Pero, para creer en tal demostración, yo espero que se me la presente. . . En caso de duda no se debe abandonar la interpretación de la Escritura dada por los Santos Padres”.

Encargado por el Papa de notificar a Galileo la sentencia del Santo Oficio que declaraba que su teoría era “absurda en filosofía y errónea en teología”, Belarmino desempeñó su delicada misión y luego rindió su informe a la Congregación. Habiendo corrido tendenciosos rumores con relación ala abjuración de Galileo y a la sentencia que se le había impuesto, el Cardenal hizo una aclaración: “Galileo no abjuró entre mis manos ni entre las de ninguno otro en Roma, ni en otra parte, que nosotros sepamos, ninguna de sus opiniones o doctrinas: tampoco se le impuso penitencia absolutoria. Tan sólo se le notificó la declaración hecha por el Papa y publicada por la Congregación del Indice, en que se dice que la doctrina atribuida a Copérnico, según la cual la tierra gira alrededor del sol, y que el sol permanece en el centro del Universo sin moverse de Oriente a Occidente, no puede defenderse ni sostenerse en un sentido contrario a la Sagrada Escritura” (H. de Lépinois, Les pièces du procès de Galilée).

A principios de l62l, el Cardenal Belarmino tomó parte todavía en el Cónclave que eligió a Gregorio XV. Pero sus fuerzas declinaban. Renunciando a todas sus funciones, se retiró al noviciado de San Andrés donde, por fidelidad a una antigua amistad, se dedicó a trabajar hasta el final en la causa de beatificación de Felipe de Neri, dejar de prepararse íntimamente a la muerte.

Campeón de la fe católica y polemista hasta en su lecho de agonía, antes de expirar quiso ratificar solemnemente ante testigos cuanto había dicho y escrito, tanto en sus exposiciones doctrinales como en sus refutaciones de las herejías. Murió el l7 de septiembre de l62l.

Por mucho tiempo esperó los honores de la Iglesia. Después de muchas tentativas que diversas circunstancias hicieron fracasar, no fue beatificado sino a los tres siglos de su muerte, el l923; fue canonizado en l928 y en l93l proclamado Doctor.


Fuentes Consultadas
Vida de los Santos
Siguiente

Reconocimiento Del Aura -


El ser humano es básicamente un sistema de energía. 
Toma energía y luego la transmuta para usarla con diversos propósitos. 
Cuando la energía es tomada y despertada en nuestro interior, emana del cuerpo físico.
Esta emanación de energía del cuerpo es llamada aura.
El aura nos rodea en todas las direcciones. Es tridimensional. 
Está constituida por varios niveles de densidad e intensidad. 
Cuanto más lejos uno se mueve del cuerpo físico, más sutil y difícil se hace ver el aura.
Cada uno de nosotros necesita aprender a reconocer los límites y fuerzas de sus propios campos energéticos, sus campos áuricos. Es necesario que estemos atentos a las necesidades de intensificar los campos energéticos, fortalecerlos, purificarlos y limpiarlos de negatividad. 
Cada vez que el aura de una persona se contacta con el aura de alguien más, se produce un intercambio de energía. Cuando las situaciones nos parecen confusas y la gente que nos rodea se irrita o nos molesta, gastamos y utilizamos más energía denuestro propio campo.
Por ser la mediación con el mundo, el aura sufre ciertas alteraciones. Restituirla y volve rla a su estado original es una tarea individual.

Como Aministrar Su Energia

Es esencial reconocer cuándo estamos utilizando cantidades excesivas de energía y cómo recargarla antes de provocar un gasto poco equilibrado. De lo contrario, el cuerpo reacciona a esa falta de armonía desarrollando trastornos e, incluso, enfermedades.
Del mismo modo como estamos acostumbrados a las reacciones de nuestro cuerpo físico frente a estímulos externos y sabemos qué hacer en cada caso, necesitamos familiarizarnos con nuestro campo energético. 
De lo que se trata, simplemente, es de aprender a administrar nuestras energías, no gastarlas sin necesidad y prevenimos ante aquellos que resuelven su equilibrio tomando nuestra energía.
En estos casos, existen métodos muy simples para limpiar nuestra aura de las influencias extrañas y negativas que se acumulan allí durante el día, a través del solo contacto con otras personas. 
Para lograr el objetivo de fortalecer el aura y, como consecuencia, prevenir enfermedades y preservar la salud emocional y espiritual, es necesario que aprendamos a despertar y utilizar las energías en todos los niveles de nuestro ser de una manera equilibrada.
La energía se encuentra, de modo latente, en cantidades ilimitadas dentro de nosotros. Somos, de hecho, un reflejo en miniatura de la energía total del Universo. Somos el Árbol de la Vida. Cuando despertamos y utilizamos todos los aspectos de nuestro ser, creamos un campo energético vibrante, fuerte y protector. Esta especie de escudo nos resguarda de la negatividad y aumenta nuestros propios niveles de energía, de modo que podamos utilizarla en mayores cantidades.




Siguiente