18 de noviembre de 2017

San Pascual Bailon



De mí se ha escrito mucho, pero no siempre ajustado a la realidad. El afán de encuadrar mi vida dentro del marco de lo «maravilloso» ha contribuido a que aparezca un tanto irreal y poco asequible; por eso me he propuesto narrarla yo mismo para que llegue a vosotros de primera mano y podáis conocer lo que me parece que sucedió.

Algunos de mis biógrafos ya os la contaron de forma bastante objetiva; pero yo lo quiero hacer dando mi visión, comunicando lo que pienso sobre ella; porque no todo lo que reluce es oro, ni lo sencillo carece de importancia.

La mayoría de las cosas que os cuento las dijeron mis paisanos y todos aquellos que me conocieron cuando, después de morirme, pretendieron hacerme santo. Como es natural, sólo cuentan las cosas buenas y, por el cariño que me tenían, las exageran un poco. De ahí que valgan para saber el aprecio en que me tenían, pero menos para describir la realidad. Yo siento tener que rebajarles, algunas veces, las opiniones que vierten sobre mí, pero en honor a la verdad, no puedo engañaros.

Así pues, acoged mi narración como un gran relato de los que nos solían contar nuestros mayores cuando, en esas largas noches de invierno, nos reuníamos junto al fuego para calentarnos y pasar la velada.

Un niño que fue pastor

Yo, Pascual Baylón Yubero, nací en Torrehermosa, un pequeño pueblo de la provincia de Zaragoza, el 16 de mayo de 1540. El llamarme Pascual fue debido a que era Pascua de Pentecostés y, como era costumbre en las familias, había que ponerme el santo del día.
Otra cosa es lo de Baylón. Mucha gente sigue creyendo que es un mote por mi condición de marchoso; y nada más lejos de la realidad, ya que, por temperamento, siempre fui retraído y poco dado al jolgorio. Baylón era el apellido de mi padre y de mi abuelo Martín.

Fui el segundo de los hermanos. La mayor era Juana, y después venían Francisco, Juan, Lucía y Ana. Tuve tres hermanos más del anterior matrimonio de mi padre, pero murieron tan jóvenes que no llegué a conocerlos. El recuerdo que me queda es el de una familia feliz con pocos haberes y mucha generosidad, sobre todo mi madre Isabel, que además de lindo parecer, era muy buena cristiana. No había necesitado en el pueblo que no encontrara en mi casa acogida y cariño; y eso me fue calando hasta moldear mi vida.
A diferencia de mis hermanos, yo era, más bien, de temperamento tímido e introvertido. Cuando mi padre se ponía a jugar con ellos a pelota delante de casa, yo me refugiaba en el dintel de la puerta; y ante las invitaciones para que me uniera a ellos, solía contestar esbozando una sonrisa de agradecimiento. Gozaba más viéndolos jugar que participando en el juego. Pero esto no quiere decir que fuera un niño sombrío y triste. Los vecinos decían que era de rostro alegre y humilde; y me tenían por un alma buena, por eso todos me querían como al vivir.
Esta capacidad de contemplar la vida es lo que me llevó siempre a buscar al Señor. Cuando tenía seis o siete años, fui a casa de mi primo Francisco que estaba enfermo. Muchas veces me había quedado mirando el hábito que llevaba, pues era costumbre vestir a los niños con un hábito por haber hecho alguna promesa; y al verlo encima de una silla pensé: «Esta es la ocasión».

Me lo enfundé como pude y me presenté, muy ufano, ante la concurrencia. Después de las risas que provocaron mi travesura, vino el intento de quitármelo, a lo que me resistía. Tuvieron que llamar a mi madre para que desistiera, y en medio del enfado les dije: «No importa, más tarde seré fraile».
Como no había escuela -la más cercana estaba en el monasterio cisterciense de Santa María de Huerta y para mi familia era todo un lujo-, tan pronto fui capaz me mandaron a guardar las pocas ovejas que tenía mi padre; así comencé a trabajar como pastor. Pero mi tía Isabel me complicó la vida. Tenía también unas cabras y me las endilgó para que las guardara junto con las ovejas. Sin embargo no me averiguaba con ellas. Díscolas como son, se metían por los sembrados y por las viñas; hasta que, harto ya, le dije a mi madre: «No me mande más que cuide las cabras, pues se comen los trigos y yo no quiero hacer daño a nadie».
De zagal en Alconchel

Así fui aprendiendo el oficio, hasta que mi padre me puso a pastorear el rebaño de un vecino de Alconchel, un pueblo cercano al mío. Allí entré en contacto con otros pastores, trabando una gran amistad con Juan de Aparicio. Los dos pasábamos mucho tiempo juntos, lo que nos permitía contarnos nuestros problemas y hasta cantar letrillas a la Virgen y al Santísimo, acompañándonos con el rabel que yo mismo me había hecho.

Con todos los amos me llevé bien, pero Martín García me tomó tanto cariño que me propuso adoptarme corno hijo y hacerme su heredero. Yo me lo pensé y, al final, le dije que no, pues pensaba hacerme fraile.
Este proyecto lo había hablado muchas veces con mi amigo Juan, quien solía decirme: «Ya que queréis haceros fraile, sea de los de Santa María de Huerta, que además de ser rico, está en vuestra tierra». Pero yo siempre le contestaba: «No me viene en grado, porque aquí me conocen todos».
Desde Alconchel se divisaba también la blanca ermita de Nuestra Señora de la Sierra, por la que sentía una predilección especial. Hasta los mayorales, a cuyas órdenes pastoreaba, se daban cuenta de ello y lo comentaban entre sí: «A mi zagal Pascual veo yo todas las mañanas vuelto hacia la ermita de Nuestra Señora de la Sierra antes de encender el fuego». Y es que en aquel puntido blanco -que era lo único que se veía- concentraba yo mi fe para alabar al Señor y a su madre María.
No sé qué pensarían de mí mis compañeros, porque nunca me lo dijeron; pero solían decir a la gente que era un joven sensato y amable, dado a la oración y enemigo de la ociosidad. Que hacía a la vez rosarios y rabeles para los momentos de solaz. En fin, un joven de actitud y ademanes alegres, aunque reservado, que ni jugaba, ni maldecía, ni decía tonterías.

El oficio de pastor era duro, pero dejaba mucho tiempo libre que podía degenerar en ociosidad. Yo lo empleaba rezando, hablando y cantando con los amigos y labrando objetos de madera, como suelen hacer los pastores. En el cayado grabé una cruz; e hice también una pequeña Virgen que me servía para concentrar mi oración cuando no encontraba una ermita donde dirigir la mirada. Pero aún así, me sobraba tiempo, y mi carácter reservado se compensaba con la necesidad de conocer más cosas, de saber más. ¿Por qué no aprendía a leer?
Mi madre tenía un devocionario que heredó de mi abuela. Como tampoco sabía leer me lo dejó; y yo, con mucha constancia y cabezonería -por algo era aragonés- empecé a preguntar a los compañeros que sabían algo por el nombre de las letras. Después, con el mismo método, aprendí a juntarlas formando palabras, hasta que logré no sólo entender lo que leía sino escribirlo también.
Todavía queda por ahí un «cartapacio» que me hice, siendo ya fraile, con las cosas que iba escribiendo.
Pero la verdad es que no resultó fácil aprender a leer y escribir; y mucho menos conseguir papel, tinta y pluma. Sin embargo la compensación fue muy grande. Además del rabel, podía llevar en el zurrón el rosario de junco y las horas de Nuestra Señora para rezar

Por tierras del Vinalopó

Alconchel se me quedaba pequeño. Ya tenía 18 años y había que decidir mi futuro. Mi madre había muerto, y aunque mi madrastra -María García, la «Capellana»- era una buenísima persona, ya no era como antes. La ocasión me vino que ni pintada. Era el tiempo de la trashumancia y teníamos que llevar el ganado hacia Andalucía. Al pasar por Peñas de San Pedro -un pueblecito de Albacete-, me paré a ver a mi hermana Juana, que estaba sirviendo en casa de los señores García Moreno. Estuve con ella unos días y seguí con el ganado. Al llegar a Almansa, me encontré con que un ganadero -el señor Osa de Alarcón- necesitaba un pastor, por lo que me quedé a su servicio, ya que estaba más cerca de mi hermana.

Un tiempo después me salió la proposición de pastorear el ganado del señor Aparicio Martínez en Monforte del Cid, y allí que me fui. Estuve, por lo menos, dos años, y trabé amistad no sólo con el mayoral, Antonio Navarro, sino, incluso, con los zagales.

Luego pasé a Elche, a las órdenes del dueño del ganado Bartolomé Ortiz; un ganado muy grande que para buscarle pastos no sólo había que ir hasta Orito, sino por toda la Vega Baja.

En los cuatro años que pasé trabajando como pastor por estas tierras hice grandes amigos, pero, sobre todo, me encontré con los frailes Alcantarinos que estaban fundando convento en Orito y en Elche. Estos religiosos pertenecían a la Orden Franciscana y, para ser más consecuentes con la vida de S. Francisco y con el Evangelio, habían hecho una Reforma -los Descalzos- de mayor austeridad y contemplación, siguiendo los pasos de S. Pedro de Alcántara.

Trabé una gran relación con ellos y pude comprobar que era la forma de vida que siempre había deseado vivir, hasta el punto de pedirles que me admitieran. Sin embargo las cosas grandes necesitan cierto tiempo para madurar; y mi decisión de hacerme fraile Alcantarino era para mí una cosa grande.

La mayor herencia que pudieron dejarme mis padres, ya que eran pobres, fue enseñarme a ser un cristiano honrado y consecuente. En mi oficio de pastor siempre intenté ser justo y solidario con mis compañeros. Cuando algunas ovejas, en un descuido, entraban en algún sembrado, solía apuntar en mi librito, forrado de piel, el nombre del dueño para resarcirle de los daños; y si no tenía tinta, tomaba un poco de sangre de la oreja de algún cordero. Para evitar esos daños, trataba de no ir por sendas que estuvieran entre trigales. Pero si, por desgracia ocurrían, o lo pagaba con mi dinero o les ayudaba a segar, que para eso llevaba una hoz en el zurrón.

Otra de las cosas que me enseñaron mis padres fue a respetar lo ajeno. En una ocasión, siendo todavía niño, un mayoral trataba de obligarme a que robara uvas para comer los pastores. Yo me negué en redondo aduciendo que no pensaba hacerlo, y si quería uvas que se las comprara. Esta actitud la mantuve siempre, por lo que nunca tomaba fruta de los árboles por donde pasaba.

Siempre traté de ser honesto con los demás e ir con la verdad por delante. Tan es así que cuando me tocaba ir a declarar, por algún problema con el rebaño, el juez nunca me pedía el juramento, cosa extraña entre pastores que teníamos fama de mentirosos. Otra cosa que siempre procuré fue aceptar mis responsabilidades. Como algunas veces llevaba zagales a mi cuidado, tuve que comprarme un reloj para saber con exactitud las horas de salida y de llegada, así como el tiempo para las comidas.

A estos zagales, prácticamente unos niños, yo les enseñaba el catecismo y los secretos del oficio, como el no tirar piedras a las ovejas o llevar cuidado con los mastines para que no mordieran a los transeúntes. Y como las enseñanzas entran mejor con los ejemplos, yo trataba de ser alegre y comprensivo con ellos, a pesar de mi carácter reservado, acompañando sus cantos con el rabel y haciendo las faenas más duras y molestas. Ellos, a su vez, también me hacían algunos favores, como tener cuidado del ganado cuando, todas las mañanas, asistía a misa en la ermita

Una vez el dueño del ganado me llamó la atención porque siempre lo llevaba al mismo sitio, los alrededores de Orito. Y era cierto, pues tanto me admiraba esa vida que llevaban los frailes, que estaba siempre cerca de la ermita de Nuestra Señora de Loreto; dormía en una loma cercana al convento y por la noche iba a orar a la puerta del santuario de la Virgen, y por la mañana a misa. Por lo que le contesté al dueño que ni yo ni el ganado nos encontrábamos bien fuera de allí; una prueba de ello era que el ganado engordaba a la vista de Nuestra Señora.

Este continuo merodear por la ermita era una expresión de mi madurez como cristiano. Aunque siempre me habían atraído, pues al centrar mi mirada en ellas casi veía a la Virgen o al Señor -objeto de mi oración-, ahora sentía una fuerza que me arrastraba a compenetrarme con Jesús, olvidándome por completo de lo que pasaba a mi alrededor. Algún compañero llegó a decir, incluso, que me elevaba del suelo.

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Pobre y para los pobres

De mi madre, sobre todo, había aprendido a ser solidario con los pobres. Cuando estaba en Monforte trabajando de pastor, solía dar parte de mi sueldo a los pobres; pues el pan era del amo, y no estaba bien que lo diera.

Después, cuando me hice fraile, no solamente salía a pedir limosna sino también a compartir lo que tenía. Mi oficio de portero me permitía ser como las manos generosas de la Fraternidad que están siempre abiertas y dispuestas a repartir cariño y pan. Por eso, el único convento en el que no me gustaba ser portero era el de Orito, ya que por su distancia del pueblo no se acercaban los pobres.

En una ocasión le dije a un compañero que los frailes, cuando viajamos, tendríamos que llevar, por lo menos, dos panes; y no para nosotros sino para socorrer a los pobres que nos encontráramos por el camino.

En nuestros conventos desde siempre existió la costumbre de dar un plato de sopa a los necesitados. Yo, en vez de sopa, solía hervir una olla de berzas, a la que añadía el pan y la carne que aportábamos los religiosos; porque yo siempre fui del parecer que a los pobres, aunque tengan necesidad, no se les puede dar las sobras.

A mediodía, se hacía una cola interminable a la puerta del convento. Hubo frailes que se ponían nerviosos por si les faltaba el pan. Pero nunca faltó; a pesar de que, algunas veces, venía bastante ajustado.

Allí acudía toda clase de gente; desde mozos jóvenes a los que había que alentar para que se pusieran en amo, hasta estudiantes pobres, a los que, por respeto, los hacía entrar dentro del convento para servirles la sopa.

Al que también trataba con más cuidado era a un anciano de Villarreal al que la fortuna le había vuelto la cara. Tenía unos cien años y yo, por respeto, lo entraba a un recibidor y le servía y acompañaba durante la comida.

Lo normal es que hiciera una olla grande de sopa; pero también pedían frutas y hortalizas, hasta el punto de que tenía el hábito rozado por los lados de tanto pasar por un mirto que había a la entrada de la huerta. El hortelano se enfadaba, y con razón; pero no me iba a dejar a los pobres sin comer. En una ocasión vino una mujer a pedir acelgas para un enfermo. Yo, como de costumbre, me fui a la huerta a buscarlas; y me llevé un chasco al ver que, por las muchas que había dado ese día, sólo quedaban los troncos pelados, de modo que no podía satisfacerla.

A la mañana siguiente vino una pobre mujer a pedir acelgas. Yo le dije que no habían, ya que el día anterior las había dado todas a los pobres. Pero me remordió la conciencia y me fui a la huerta. Cuál no sería mi sorpresa al ver los troncos llenos de hojas frescas y verdes. La gente creía que era un milagro; pero yo pienso que cuando hay generosidad y ganas de compartir, siempre se produce el milagro.

En aquellos tiempos de gran necesidad, los conventos eran, casi, los únicos refugios para los pobres. Los frailes tratábamos de compartir lo que la gente nos daba y nosotros sacábamos de la huerta; pero muchas veces no era suficiente. A mí se me partía el corazón al tener que despedir a un pobre porque ya no quedaba nada. Entonces, iba a la huerta y, para que no se fuera con las manos vacías, le daba un ramillete de flores. A pesar de parecer una burla, el pobre lo comprendía y me daba las gracias.

Algunas veces la gente no pedía comida sino charlar y compartir sus problemas. El «Mestre Guillem», como le llamábamos en Valencia, era un francés afincado en España que hacía cuerdas de vihuela y, con frecuencia, nos daba para hacer disciplinas. Pues bien; sin saber cómo, había cogido una depresión de caballo. Su mujer lo había llevado a toda clase de frailes de la ciudad, pues creía que estaba endemoniado, hasta que un día vino a verme y nos pusimos a charlar paseando por la huerta. Yo no recuerdo lo que le dije, pero le volvieron las ganas de vivir y la gente lo tomaba como un milagro.

A Dios rogando...

Con todo, lo más importante de la vida religiosa, como podéis suponer, no eran las mortificaciones sino la oración y el cariño a los demás hermanos. Los rezos estaban distribuidos a lo largo de toda la jornada, de modo que pudiéramos acoger siempre al Dios que se nos manifiesta para nuestro bien.

A las doce de la noche rezábamos Maitines. Como yo dormía poco, estaba encargado de despertar a los frailes. Para ello me servía de un palo con el que golpeaba las puertas de las celdas, al mismo tiempo que decía: «¡A maitines, hermanos! A alabar a Dios y a su santísima Madre».

Después de rezar, muchas veces ya no volvía a dormir sino que continuaba con mis oraciones. Me arrodillaba, juntaba las manos a la altura de la cabeza, con los codos separados del cuerpo, y seguía relacionándome con Dios que tanto nos quiere.

Al amanecer rezábamos Laudes. Sonaba la campana y acudíamos todos a alabar al Señor por el nuevo día. Después, como no existía la costumbre de concelebrar, los sacerdotes decían su misa. Yo, como encontraba en la Eucaristía la razón de mi entrega a Dios y a los demás, trataba de ayudar el mayor número posible. Algunas veces comenzaba y, a la mitad, tenía que irme para ayudar otra.

Al terminar las misas me iba al trabajo, hasta que la campana me avisaba de nuevo que teníamos que rezar. A mediodía la comida y después, mientras los frailes descansaban un poco, yo me iba a la huerta para tenerla en condiciones.

Al atardecer rezábamos de nuevo las Vísperas. Cenábamos y, antes de acostarnos, volvíamos al coro para rezar Completas. Cuando llegaba la noche estaba muerto de trabajar. Me iba a la celda, me acurrucaba apoyado en la pared, y me dormía como un bendito.

... Y con el mazo dando
Pero todo no es rezar; hay que poner en práctica el modo de actuar de Dios que aprendemos en la oración. Y si nos quiere tanto, que se comprometió a que perdiéramos los miedos que nos atenazan y nos impiden gozar con libertad, también nosotros tenemos que ayudarnos a ser felices. Yo, al menos, lo intenté con mis hermanos
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Al entrar de fraile, me había propuesto estar a disposición de todos. Y, en la medida de lo posible, lo hacía, no sólo desde mi puesto de trabajo sino ayudando a los demás en los ratos libres de que disponía. En este sentido, muchas veces acompañé a los predicadores cuando salían para hacer algún sermón. Mientras ellos predicaban, yo rezaba para que calara en la gente.
Esta decisión de servir podrá parecer fácil, pero a mí me costaba, dado mi temperamento y mi cabezonería. Ya os dije que muchas veces tenía que frenarme para no explotar y empezar a dar gritos ante lo que me parecía mal; o ceder, en muchas ocasiones, ante cosas sin importancia. Para confirmarlo, basta referir lo que me dijo un fraile: «¡Cuidado, fray Pascual, que eres tozudo y aragonés!». Yo, como sabía que era verdad, le contesté sonriendo: «Si, sí, que lo digas».
Pero la vida está para ir corrigiendo defectos; por eso no me apenaba tener que reconocerlos cuando alguien me lo advertía. El guardián tuvo que hacerlo varias veces porque, siendo portero, me olvidaba por la noche de quitar la llave de la cerradura; o, en otra ocasión, porque se me ocurrió tender el hábito en medio del claustro; o aquella vez que, en un descuido, rompí la tinajuela de las aceitunas. Pero también yo, algunas veces, reprendía con cariño a los frailes que no hacían lo correcto. Cuando, en horas de rezo, me tropezaba con alguien solía comentarle con sorna: «¿Qué se hace por aquí? ¿Cómo no se va al coro?».
Mantener la convivencia siempre supone un gran esfuerzo; de ahi que yo me propusiera como norma ser duro conmigo mismo pero suave con los demás.
Una vez, un fraile se molestó porque no le atendía tan pronto como hubiera querido. Yo, con el fin de aplacarle, le insinué: «Tenga un poco de paciencia, bendito». Pero el hermano, fuera de sí, empezó a decirme de todo. Para no irritarle más, me callé y dejé pasar la tempestad.
A pesar de estos contratiempos, yo quería mucho a mis hermanos y solía demostrarlo cuando venía el caso. Era costumbre en el convento, guardar el mejor vino para los enfermos, y no se podía dar sino con el permiso del guardián. Un fraile, para probarme, fingió que le dolía el estómago y me pidió un poco de vino. Al traérselo me recriminó que tuviera en tan poco la obediencia. Pero yo le respondí que, para mí, la caridad ya incluye la obediencia, por lo que no tenía de qué arrepentirme.
Estos gestos de generosidad solía prodigarlos para hacer más llevadera la convivencia. Cuando el guardián solía repartir los pocos hábitos nuevos que se hacían, yo procuraba hacerme el despistado para que no me alcanzasen; y una vez que me vi obligado a recoger unos retales para remendar el mío, los volví a dar a otro.
La verdad que no me importaba demasiado ir con el hábito estrecho y remendado. Más aún, lo prefería. Por eso, una vez que el guardián me dio un hábito nuevo, decidí ponerle un remiendo para ir más tranquilo.
Lo mismo hacía con la comida. Me sentía satisfecho con cualquier cosa, con tal de que los otros comiesen bien. Si iba de limosna acompañado por algún joven, al regreso nos sentábamos cerca de alguna fuente y escogía los mejores trozos de pan para que se los comiera. Disfrutaba yo viéndole comer.
Como tenía fama de santo, los hermanos confiaban en mí. Una vez me encontré con un fraile que estaba apesadumbrado porque tenía hinchado el pie. En plan de broma le dije: «¿Quieres que le dé un azote con las disciplinas y verás como se pone bueno?». El hermano dijo que sí, pero al intentar darle quitó el pie. Al encontrármelo, cojeando, unos días después, le insinué con sorna: «Ya estuviera bueno si llevara el azote». Y es que, muchas veces, es necesario el humor para que la convivencia no chirríe.

A partir de esta descripción, pintaron un cuadro que está en la sacristía de mi pueblo, Torrehermosa, y que vosotros tenéis en la portada. Si no es una fotografía, creo que se acerca bastante a lo que fui yo, pues nunca me miré en ningún espejo.
De todos modos, lo importante no es que sepáis como fui y lo que hice, sino que mi vida os ayude a encontrar la felicidad en el servicio a los demás y en la búsqueda de Dios.





Fuentes Consultadas
Directorio Franciscano
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