25 de diciembre de 2017

Las Erinias Griegas


Clitemnestra intentado despertar a las Erinias mientras su hijo es purificado por Apolo.
En la mitología griega, las Erinias eran personificaciones femeninas de la venganza, que perseguían a los culpables de ciertos crímenes.
También se les llamaba Euménides , antífrasis usada para evitar su ira cuando se pronunciaba su verdadero nombre.
Según la tradición, este nombre se habría utilizado por primera vez tras la absolución de Orestes por el Areópago (que se describe más adelante), y luego se usó para aludir al lado bueno de las Erinias.

En Atenas se usaba también eufemísticamente la perífrasis ‘venerables diosas’.
También se aludía a ellas como ‘diosas ctónicas’, y se les aplicaba el epíteto Praxídiceas , ‘ejecutoras de las leyes’.
Por último, en la mitología romana se les conoce como Furias (en latín Furiæ o Diræ, ‘terribles’).

Ascendencia Según Hesíodo, las Erinias son hijas de la sangre derramada por Urano sobre Gea cuando su hijo Crono le castró, siendo pues divinidades ctónicas.

Su número suele permanecer indeterminado, aunque Virgilio, inspirándose probablemente en una fuente alejandrina, nombraba tres:

Alecto ‘implacable’, que castiga los delitos morales.
Megera ‘seductora’, que castiga los delitos de infidelidad.
Tisífone ‘vengadora del asesinato’, que castiga los delitos de sangre.

Epiménides las hacía hermanas de las Moiras, hijas de Crono y Eurínome; Esquilo, hijas de Nix, la Noche; y Sófocles, hijas de Gea y Skotos, las Tinieblas.
En la tradición órfica, eran hijas de Hades y Perséfone (este compromiso con el mundo infernal aparece también en la Ilíada).

Las Erinias son fuerzas primitivas anteriores a los dioses olímpicos, por lo que no se someten a la autoridad de Zeus.
Moraban en el Érebo (o en el Tártaro según la tradición), el inframundo, del que sólo volvían a la Tierra para castigar a los criminales vivos, sometiendo mientras a torturas sin fin a los eternamente condenados.
A pesar de su ascendencia divina, los dioses del Olimpo muestran una profunda repulsión hacia estos seres que no toleran.
Por su parte, los mortales las temen y huyen de ellas.
Es esta marginación y la necesidad de reconocimiento que implica lo que, en la obra de Esquilo, llevará a las Erinias a aceptar el veredicto de Atenea, a pesar de su inagotable sed de venganza.


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